Aunque no os importe, me gustaría aclarar que todas estas infidelidades se dieron cuando estaba con mi anterior pareja. En la actualidad soy un hombre fiel, un niño bueno. Me siento más cómodo con esta aclaración.
Mireia no era de las más agraciadas del barrio, tampoco de su calle; puede que ni siquiera de su familia. Tenía una belleza extraña: no era fea, pero al verla despertaba una sensación rara. Como cuando, en nuestra época de estudiantes, un compañero de clase aparecía por primera vez con lentillas después de años y años llevando gafas.
Tal vez su nariz, que sin ser fea la tenía muy puntiaguda; tal vez sus ojos pequeños o su piel de porcelana. Pero su cuerpo… su cuerpo despejaba todas las dudas que pudiese ofrecer esa belleza extraña.
Ella no lo sabía, pero yo ya la conocía antes de que nos uniese nuestra afición por la fotografía. Había sido compañera de clase de mi hermano, diez años menor que yo, y conocía su vasto historial en el arte de la promiscuidad (sí, vasto con v; lo he comprobado).
Nos conocimos, como ya decía, por nuestra afición a la fotografía. Al final es un pequeño mundo donde los conocidos de la zona miramos nuestros trabajos, nos seguimos, colaboramos, nos envidiamos y, a veces, hasta nos odiamos.
Por entonces yo tenía un buen manejo de la conversación: alababa su trabajo, le regalaba los oídos y usaba el picante con sutileza, como quien enseña la patita y hace saber que, si me buscas, me encuentras, y que en temas de sexo no concibo el NO como respuesta.
Hablábamos por redes y, aunque el tono de las conversaciones era juguetón, nunca tocamos el tema del sexo directamente. Yo era diez años mayor que ella, ella conocía a mi hermano y yo tenía pareja. ¿Qué podía salir mal? Por eso, lo que sucedió después fue tan inesperado como morboso.
El trípode
¿Continuará?
Mireia no era de las más agraciadas del barrio, tampoco de su calle; puede que ni siquiera de su familia. Tenía una belleza extraña: no era fea, pero al verla despertaba una sensación rara. Como cuando, en nuestra época de estudiantes, un compañero de clase aparecía por primera vez con lentillas después de años y años llevando gafas.
Tal vez su nariz, que sin ser fea la tenía muy puntiaguda; tal vez sus ojos pequeños o su piel de porcelana. Pero su cuerpo… su cuerpo despejaba todas las dudas que pudiese ofrecer esa belleza extraña.
Ella no lo sabía, pero yo ya la conocía antes de que nos uniese nuestra afición por la fotografía. Había sido compañera de clase de mi hermano, diez años menor que yo, y conocía su vasto historial en el arte de la promiscuidad (sí, vasto con v; lo he comprobado).
Nos conocimos, como ya decía, por nuestra afición a la fotografía. Al final es un pequeño mundo donde los conocidos de la zona miramos nuestros trabajos, nos seguimos, colaboramos, nos envidiamos y, a veces, hasta nos odiamos.
Por entonces yo tenía un buen manejo de la conversación: alababa su trabajo, le regalaba los oídos y usaba el picante con sutileza, como quien enseña la patita y hace saber que, si me buscas, me encuentras, y que en temas de sexo no concibo el NO como respuesta.
Hablábamos por redes y, aunque el tono de las conversaciones era juguetón, nunca tocamos el tema del sexo directamente. Yo era diez años mayor que ella, ella conocía a mi hermano y yo tenía pareja. ¿Qué podía salir mal? Por eso, lo que sucedió después fue tan inesperado como morboso.
El trípode
¿Continuará?