El despertar de mi zorra (I)

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Jose799

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Pequeño relato de como mi primera novia acabó despertando todo lo que llevaba dentro...

EL ANTES: LA CHISPA INTERIOR

La idea no llegó como una propuesta mía. Brotó de ella, una noche de verano tórrido, con las sábanas pegadas a la piel y el ventilador moviendo el aire caliente como un suspiro perezoso.

Habíamos hecho el amor, un acoplamiento lento y sudoroso. Mi polla, a medio flácida aún dentro de su coño caliente y húmedo, palpitaba con los últimos ecos del orgasmo. Ella estaba debajo de mí, jadeando, sus pechos pequeños y firmes aplastados contra mi pecho. Sus ojos, sin embargo, no estaban cerrados en la satisfacción. Miraban al techo, con una intensidad pensativa.

“Oye,” dijo, su voz ronca por el esfuerzo. “¿Tú alguna vez… has fantaseado con otra persona? No de enamorarte. Solo… el cuerpo.”

Me incorporé un poco, apoyado en los codos, y la miré. “¿A qué te refieres?”

Ella se mordió el labio inferior, un gesto de nerviosismo que conocía bien. “No sé. A veces… cuando me estás follando, y es tan… tan nuestro, tan predecible… mi mente vuela. Pienso en cómo sería otra polla. Más gruesa. Más larga. Que entrara de otra manera.” Sus palabras, dichas en ese tono de confesión íntima, eran más excitantes que cualquier pornografía. “O pienso en una boca que no fuera la tuya chupándome los pezones, o una mano más grande agarrando mis nalgas.”

Sentí cómo mi miembro, que había empezado a ablandarse dentro de su envoltura cálida, respondía con un nuevo latido de interés. “¿Y tú?” pregunté, mi voz baja.

Ella giró la cabeza, evitando mi mirada. Un rubor intenso le subió por el cuello. “A veces,” susurró. “En el gimnasio. En la oficina. Veo a un hombre y… me pregunto. ¿Cómo sería? ¿Cómo follaría? ¿Su polla sería distinta? ¿Le gustaría mi coño? ¿O solo pienso yo en estas mierdas?”

La besé entonces, un beso profundo y sucio, saboreando la sal de su sudor y la honestidad brutal de sus palabras. Al separarnos, le dije: “No. No solo piensas tú. Yo también. Veo a una mujer y pienso: ¿cómo será su coño? ¿Más apretado? ¿Más húmedo? ¿Gemiría más alto si la follara contra la pared?”

El aire entre nosotros cambió. La culpa se evaporó, reemplazada por una electricidad nueva, compartida, deliciosamente perversa.

“Hay sitios,” continué, mi boca rozando su oreja mientras mi polla, ahora completamente dura otra vez, empezaba a moverse otra vez dentro de ella, un movimiento lento y deliberado. “Clubs. Donde la gente normal va a… explorar esas fantasías. Juntos. Sin mentiras. Sin dramas. Solo curiosidad y carne.”

Ella cerró los ojos y un gemido largo escapó de sus labios. Sus caderas se elevaron para encontrarse con mis empujes. “¿De verdad?” jadeó. “¿Y… la gente solo… se mira? ¿O…?”

“Lo que los dos quieran. Solo mirar. Tocarse. O… más.” Le mordí el lóbulo de la oreja. “Imagínate. Verte ahí, con ese vestido negro que se te marca tanto entre las piernas. Verte bailar, sabiendo que todos los hombres en la sala se están imaginando cómo es tu coño, cómo saben tus tetas. Y tú, sabiéndolo, excitándote con eso.”

Su respiración se hizo entrecortada. Sus uñas se clavaron en mi espalda. “Y… ¿tú estarías ahí? ¿Mirándome?”

“Te miraría como el hombre más envidioso y más excitado del mundo. Porque todos te desearían… pero solo yo sé cómo gimes cuando te correes.”

Fue entonces cuando su orgasmo la golpeó, un segundo clímax, inesperado y violento, que le hizo arquear la espalda y gritar mi nombre con una fuerza que estremeció la habitación. Su coño se contrajo alrededor de mi miembro en espasmos convulsivos, apretándolo, exprimiéndolo, y yo no pude resistir y corrí dentro de ella, profundamente, posesivamente.

Cuando el mundo dejó de dar vueltas, quedamos enredados, pegados por el sudor y nuestros fluidos mezclados. Ella tenía la mejilla contra mi pecho.

“Cuéntame más de ese club,” murmuró, y no había miedo en su voz. Solo un deseo oscuro y hambriento.

Las semanas siguientes fueron una lenta y deliberada seducción mutua. No fue una persuasión, fue una co-conspiración. Buscábamos perfiles de clubes juntos en el sofá, su dedo señalando fotos en mi tablet. “¿Esta gente parece normal?” “¿Y si voy con este body? ¿Es demasiado?” “¿Crees que… a algunos hombres les gustarán mis pechos? Son pequeños.” Yo le aseguraba, con palabras y con besos en esos mismos pechos, que volverían locos a muchos.

La víspera, la ayudé a depilarse por completo. Arrodillado en el baño, separando sus labios con los dedos para pasar la cuchilla por su sexo hinchado y húmedo, fue uno de los momentos más íntimamente eróticos de nuestra vida. “Quiero que lo vean todo,” dijo ella, mirándome fijamente mientras yo trabajaba. “Quiero que cuando me miren, no tengan que imaginar. Quiero que sepan exactamente cómo es mi coño.”


Si os gusta seguiré contando....
 
Mmm sigue contando.... que buena pinta
 
Por mi adelante, pero si le quieres dar otra vuelta.... es cosa tuya
 
PARTE 2: EL CLUB

La noche antes de ir, el juego se tornó serio. El "¿y si...?" dejó de ser hipotético.
"¿Y si me habla alguien y no sé qué decir?" preguntó Eva, de repente pálida, mientras elegíamos la ropa. Su vestido rojo, el más atrevido que tenía, estaba tendido en la cama como un reto.
"Pues dices... 'Hola'. O '¿Qué tal?'". Me encogí de hombros, sintiendo el mismo nudo en el estómago. "O le dices que eres nueva. Seguro que hay más nuevos."
"¿Y si intentan tocarme?"
"Entonces digo yo algo. O nos vamos. Regla número dos, lo dijimos: la palabra de seguridad. 'Malvasía'. Si uno dice 'Malvasía', nos pirámos al momento, sin preguntas."
"Malvasía," repitió ella, como un amuleto. "Un pato. Vale."

Bebimos dos copas de vino en casa para animarnos, pero el nerviosismo era un gas palpable en el aire. En el taxi, ella no hablaba de fantasías; revisaba el pintalabios en un espejito, una y otra vez.
"¿Se me nota que estoy temblando?" susurró.
"Sí. Pero igual piensan que es de frío. O de ganas," intenté tranquilizarla, apretando su mano que estaba helada.

Al cruzar la puerta del club, la realidad nos golpeó. No era un antro oscuro, pero la sensualidad era tangible, profesional. La gente no parecía "nueva". Parecían cómodos, dueños del espacio. Nos sentamos en la primera banqueta que vimos libre, como dos pájaros asustados posándose en una rama.

"Joder, huelen bien," murmuró Eva, desviando la mirada de una mujer que pasó con un body de encaje transparente bajo una chaqueta.
"Y nosotros a... a vino y nervios," susurré yo.

Fue entonces cuando vimos a él, Alex. Se destacaba por parecer tranquilo, no agresivo. Eva me clavó el codo en las costillas.
"Ahí. Ese. Parece... seguro."
"¿Seguro? ¿Como un banco?" bromeé, pero mi garganta estaba seca.
"Seguro como que no me va a dar miedo," corrigió ella, tomando un sorgo largo de su copa como quien toma valor.

Cuando se levantó para ir a la barra, fue con la determinación torpe de quien ejecuta un plan ensayado. La vi caminar, demasiado recta, y colocarse no al lado de Alex, sino casi a medio metro de distancia, como esperando en una cola. Tuve que reprimir una sonrisa nerviosa.

Desde mi asiento, vi la escena con los ojos de un principiante total: sus posturas rígidas, la conversación que parecía forzada desde lejos. Cuando ella le tendió el teléfono para que pusiera su número, el movimiento fue tan brusco que casi se le cae. Éramos un desastre. Un desastre excitante y compartido.

Su mirada buscándome para la señal fue un destello de pánico divertido en sus ojos. ¿Hago esto? ¿En serio? Asentí, y mi propia sonrisa era de incredulidad total. Sí, hazlo. A ver qué pasa.

Al seguirlos, tropecé con el borde de una alfombra. Maldije en silencio. Me coloqué donde poder ver, sintiéndome como el espía más patético del mundo, con el corazón a punto de salírseme por la boca.

Era increíble verla. Su balanceo se fue haciendo más seguro, más deliberado, y Alex gruñó algo ininteligible, sus manos apretando su cintura con más fuerza. Pero entonces, Eva se detuvo. Abrió los ojos y me miró directamente, una chispa de pura travesura en su mirada. Era como si recordara un detalle de nuestro guión mental, algo que quería hacer por primera vez aquí, delante de mí.

Se bajó de su regazo, deslizándose hasta arrodillarse en la alfombra gruesa entre sus piernas. La falda del vestido rojo formó un círculo a su alrededor. Alex, sorprendido, se enderezó en el sofá.

“Un momento,” le dijo Eva, su voz un poco más baja, pero clara. “Tengo que… saludar como es debido.”

Yo contuve el aliento. Esto no lo habíamos planeado con tanto detalle. Ella solo había dicho, en una de nuestras charlas excitadas, “igual me atrevo a hacerle una mamada a otro, para que veas.” Y ahora estaba a punto de suceder.

Con una lentitud que era puro teatro para mí, Eva bajó las manos a la cintura de Alex. Desabrochó el botón, bajó la cremallera y le ayudó a empujar el pantalón y el bóxer por sus caderas. Su polla, ya totalmente erecta, saltó libre. Era gruesa, con una vena prominente que latía, y el glande estaba oscuro y húmedo en la punta.

Eva se quedó mirándola un momento, como estudiando un territorio nuevo. Lanzó una mirada rápida hacia mí, sus ojos preguntando “¿estás viendo esto?” y luego, con una decisión que parecía surgir de lo más profundo de su curiosidad, se inclinó.

No fue una mamada experta y sensual de película. Era torpe, exploratoria, real. Primero pasó la lengua por la punta, probando el sabor salado del precum. Frunció un poco el ceño, concentrada. Luego, abrió la boca e intentó meter la cabeza dentro. Fue demasiado para ella de entrada; se atragantó un poco y retrocedió, tosiendo suavemente.

“Joder, es grande,” murmuró, más para sí misma que para él o para mí. Había admiración genuina en su tono, y un punto de desafío.

Alex jadeó. “No hace falta que… puedes con las manos…”

Pero Eva negó con la cabeza, sin apartar los ojos de su polla. “Quiero,” dijo, con una terquedad nueva. Era ella quien quería probar esto, conquistarlo. Volvió a intentarlo, esta vez con más cuidado. Rodó la lengua alrededor del glande, lamiendo la corona, antes de volver a intentar tomar más longitud. Esta vez, logró meter casi la mitad, moviendo la cabeza de arriba abajo con un ritmo vacilante pero decidido.

Una de sus manos jugueteaba con sus bolas, acariciándolas con una torpeza que resultaba terriblemente excitante. La otra mano estaba en su propio muslo, apretando como para darse valor. Se le escapó un sonido gutural, un “mmh” de esfuerzo y descubrimiento, que vibró contra la piel de Alex y le hizo gemir.

“Así… así está bien,” jadeó Alex, hundiendo los dedos en su pelo, no para empujarla, sino para sentirla.

Eva encontró un ritmo, lento y húmedo. Se le escapaba la saliva, que le corría por la comisura de los labios y goteaba, brillante, sobre los testículos de Alex. Era desordenado, explícito y crudo. Ella no era una profesional. Era mi novia, descubriendo por primera vez cómo se sentía otra polla en su boca, y haciéndomelo ver a mí con una generosidad que me volvía loco.

En un momento, se detuvo, jadeando, con los labios brillantes e hinchados. Me miró directamente, con la polla de Alex aún en su mano, golpeando suavemente su mejilla. Sus ojos estaban borrosos por el deseo y la concentración.

“¿Te gusta verlo?” me preguntó, su voz ronca por el esfuerzo. Era una pregunta de verdad, necesitaba mi aprobación, mi excitación como combustible.
“Me encanta,” gruñí, y mi propia mano se cerró con fuerza sobre mi muslo, conteniendo las ganas de tocarme allí mismo. “Te queda… increíble.”

Ella sonrió, una sonrisa pequeña y sucia, y volvió a su tarea con renovado entusiasmo. Esta vez, usó la mano y la boca a la vez, bombeando la base mientras chupaba la punta con más confianza, metiéndosela más adentro cada vez, aprendiendo sobre la marcha. Los sonidos eran obscenos: chasquidos húmedos, jadeos, el gruñido profundo de Alex.

Cuando finalmente se montó sobre él después de la mamada, todo fue diferente. Su coño ya no solo estaba excitado; estaba sensibilizado, preparado por la intimidad brutal de lo que acababa de hacer. Y cuando se dejó caer sobre su polla, ahora brillante y empapada de su saliva, su gemido fue más profundo, más posesivo, como si ahora sí fuera suyo para usar.

La mamada no había sido un preludio profesional. Había sido un ritual de posesión, un "esto también lo hago mío", y al hacerlo delante de mí, había hecho que el acto que siguió fuera cien veces más íntimo y más sórdidamente excitante para los dos.
 
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