El compromiso

Till Lindemann

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9 Mar 2025
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Soy
Hombre
En busca de
  1. Mujer
  2. Pareja
El compromiso

Sus palabras me sonaban a compromiso, a “ojalá hubiese salido a dar un paseo”, a “debería haber vuelto un día antes a casa”.

José: —Y habíamos pensado en ti, Till, porque… tú eres electricista, ¿verdad?

No fui capaz de responder ni con la cabeza ni con el corazón, sino con ese Till que se adelantaba a los dos y no sabía decir que no. Y, mientras, el corazón buscaba una excusa que darle a mi mujer y justificar, de algún modo, que volvería un día más tarde.

Como cada verano, había llevado a mis hijos a pasar unas semanas con sus abuelos, solo que este era el primero sin el abuelo. En su entierro había visto a José y a su mujer. Ella vino a saludarme en la iglesia y a darme un beso. Se dio la curiosa circunstancia de que instantes antes me había cruzado con ella en la plaza de la iglesia, pero en ese momento no la reconocí. Me giré para observar su belleza y ese culo que se adivinaba, porque incluso en momentos así uno no es de piedra. Ella se dio cuenta.

José, en cambio, no encontró el momento de saludarme, y bueno, yo a él tampoco. Hacía nueve años desde la última vez que nos vimos. En aquella ocasión fue tras mi primera visita solo, con mis hijos, a ver a sus abuelos. Mi expareja había fallecido meses antes, y José y su mujer, Marta, tuvieron el gesto de venir a verme e invitarme a unas cañas para conocer cómo me sentía y darme su apoyo.

He de reconocer que quedarme un día más se me hacía un poco cuesta arriba, en parte porque ya echaba de menos a mi mujer, pero también porque, aun estando cerca de mis hijos, no podría estar con ellos, y eso, en cierta manera, me dolía. Tan cerca, pero tan lejos.

El trabajo era sencillo: se trataba de hacer la instalación eléctrica de un pequeño trastero adjunto a la casa en la playa de José y Marta. Habían ampliado este trastero y lo querían convertir en la habitación de su hijo para sus estancias veraniegas. Y, claro, el verano en el sureste español ya estaba a la vuelta de la esquina, tanto que la piel ya empezaba a tostarse con tan solo unos minutos al sol.

A la mañana siguiente preparé la mochila que me había llevado para pasar un par de días en la casa de la abuela de mis hijos: dejarles, descansar un día o unas horas y volver. Aproveché los últimos momentos con mis hijos; incluso me despedí de ellos un par de veces antes de que Marta y José llegasen.

Les seguiría desde la casa de los abuelos de los niños. Iría con mi coche, con la esperanza de terminar cuanto antes y emprender el viaje de vuelta a casa. Me despedí una vez más de mis hijos en la puerta de la casa al ver el coche de Marta parando delante del mío. Ella se bajó del coche, pero no era José quien la acompañaba: era Rocío, su cuñada.

Tras los saludos iniciales, Marta me contó que José no podía venir a ayudarme, que estaba muy ocupado preparando un Seat Panda para un raid solidario por Marruecos, donde repartirían cuadernos y lápices a los niños, y que ella misma me ayudaría en lo necesario. No conocía suficientemente a José; no sabía si era celoso, pero sí fui consciente de que se había encargado de que a Marta la acompañase su hermana Rocío como carabina. Pero… ¿cuántas veces una carabina se había convertido en confidente?

Para entonces ya había contado “la verdad” a mi mujer, que luego todo se sabe, solo que ni yo sabía que me encontraría solo, en una casa en la playa, con Marta y Rocío. Un escenario que me apetecía explorar. Las mayores tentaciones de las que tenía conocimiento en esas tierras.

Marta: Marta tenía un aura, una esencia tremendamente seductora: dulce, educada, con una sonrisa preciosa. Parecía que no había roto un plato en su vida. Tenía 40 y pocos años, aunque, al igual que Rocío, aparentaba ser treintañera. Era una rubia realmente bonita, de pelo rizado natural, sin necesidad de ser un experimento de peluquería; de cuerpo cuidado, tetas no demasiado grandes, pero que aparentaban ser muy sugerentes, y de un culo y unas piernas que eran un auténtico espectáculo. No recuerdo muy bien cuándo la conocí, tal vez algún que otro año antes de aquella vez que me llevaron de cañas.

Rocío: Rocío había sido siempre una preciosidad. Una carambola del destino quiso que la conociese hacía ya más de dos décadas. Entonces, la dulce niña Rocío no tenía edad para hacer el amor, pero sí su prima, a la cual me presentó y a la que acabé eligiendo con el corazón; ese es el consuelo que me quedó. La tez blanquita de Rocío estaba salpicada por pequitas que la hacían, si cabe, más atractiva; contrastaba con la tez más dorada de Marta. Rocío ahora era morena; me gustaba más con su rubio natural. Si el culo de Marta era realmente atractivo, el de Rocío era un espectáculo de la naturaleza: lo había heredado de su madre y parecía crecer con los años. No eran pocas las veces que me había imaginado follándola y sentir mi polla aprisionada por ese culo bamboleante en cada embestida. Rocío era un sueño de juventud, de ocasiones perdidas, y, aunque quede feo, siempre sentí que fue mi NO elección equivocada.

Las había visto pocas veces juntas, pero, desde mi coche, siguiéndolas por el Puerto de la Cadena, pude advertir la conexión entre ellas. Y los ojos de Marta en el retrovisor, buscándome cuando las distancias se hacían cortas.

Mi cabeza empezó a fantasear, tal vez sería mejor pasar la noche en la casa de la playa y salir trempado (que no temprano) al día siguiente.


Tal vez este relato nunca llegue al final…
 
La pequeña casa constaba de cochera en su planta de abajo y de un porche lo suficientemente amplio como para acoger una mesa de jardín con sus sillas. No tenía ninguna habitación en la planta baja; a la planta superior se accedía por unas escaleras que llevaban a una pequeña terraza sobre el porche y del tamaño de este. La puerta de entrada daba directamente al comedor con cocina americana. Un pequeño pasillo daba acceso a la habitación de matrimonio y a la habitación del pequeño de la casa, en la cual trabajaría. Al fondo, y entre las dos habitaciones, se encontraba el baño.

El mobiliario de la casa era escaso y parecía de otro tiempo, como heredado de la abuela: una mesa con cuatro sillas en el comedor, dos sofás y, en la habitación de matrimonio, una cama, un armario y una mesita de noche.

Había cierta sensualidad acompañada de misterio en el ambiente: el calor, la poca ropa, el olor a pollo “mareao” del paki de la esquina… El no estar acompañadas por sus maridos parecía tener el mismo efecto desinhibidor que cinco chupitos de Jäger. Rocío llenaba aquel pequeño apartamento de sonrisas, de ganas de jugar. No había notado frialdad en ella las veces que coincidimos en los últimos años, pero sí un simple trato cortés, sin más. Lejos de su marido parecía otra y contagiaba a la vez a Marta, que poco a poco se sentía cómoda con su juego. Las dos empezaban a tener una seductora y peligrosa actitud de quinceañeras.

Empecé a organizar el trabajo y a ver si tenía material suficiente para trabajar. Entre cuchicheos y risitas, las dos cuñadas se encerraron en la habitación, advirtiéndome de que se iban a poner más cómodas.

Casi por instinto palpé, por encima de mis incómodos vaqueros, mi polla, que empezaba a adquirir la consistencia y dureza de una gominola del cumpleaños del año pasado.

Observé la puerta al estrecho balcón, que desde fuera pude ver que unía las dos habitaciones. La tentación era grande, pero lo era más mi eterna precaución. Aun así, como desafiando a mi cordura, me saqué la polla y, morcillona como estaba, me golpeé la palma de la otra mano con ella, imaginándome que golpeaba con mi polla los mofletes de Rocío y Marta. Eso, y las risitas de ellas, me devolvieron a la realidad, y guardé de nuevo mi pequeña bestia en su refugio.

Se habían puesto cómodas, no cabía duda. Las dos lucían sendas partes inferiores de un bikini, con la diferencia de que el de Rocío, más atrevida, era tipo tanga. Las dos llevaban unas camisetas que se notaba que habían recortado con tijeras: dejaban ver sus apetitosos ombligos y ponían la guinda al pastel con aquellos pezones que amenazaban con romper la tela. Me sedujeron especialmente los de Rocío, cuyo relieve indicaba que no solo estaban duros, como los de Marta, sino también ligeramente hinchados. No había duda de que querían provocarme, y lo estaban consiguiendo.

Las risas desaparecieron, pero no las sonrisas tímidas de sus caras. Sentí que lo hacían por mí y que debía envalentonarme y, al menos, deleitarlas con un cumplido.

Traté de balbucear algo que sonase natural, pero creo que pagué con la cara. Pero no solo con la cara lo hacía, y lo supe al notar la mirada de Marta a mi entrepierna. Rocío se dio cuenta de adónde dirigía su mirada Marta y se llevó la mano a la boca, como para disimular su risa.

Marta salió de la habitación y volvió con unos pantalones cortos, tipo bañador, de José. Me los probó por encima del pantalón, ciñéndomelos de tal forma que mi bulto volvía a aparecer.

Marta: —Ponte esto, Till. Habrás venido con la ropa justa, viendo tu mochila, y con esto estarás más cómodo…

Las provocaciones constantes transcurrieron a lo largo de la mañana. Las dos chicas adecentaban la casa para los meses de verano, un verano que ya se notaba en el ambiente, y ver el increíble culo de Rocío y el no menos increíble culo de Marta empezaba a sacarme de mis casillas. Se notaba en mi entrepierna, con la que había tenido la meticulosidad de dejarla suelta, sin nada que la aprisionase, solo aquella fina tela del bañador que me había dejado Marta.

Rocío era especialmente quien me estaba invitando a jugar, y yo estaba aceptando la invitación. Marta observaba, como aprendiendo de Rocío, y esas pequeñas pinceladas de erotismo que de tanto en tanto dejaba escapar me volvían, si cabe, aún más loco.

Para entonces, mi cabeza ya iba a mil por hora. Ya sabía que ellas se quedaban unos días, sin niños, disfrutando de la “soledad” y los primeros rayos de sol. Y yo… yo alargaría mi estancia; no le dejaría todo preparado a José para terminar él, lo haría yo… y con mucho gusto. Desde la colocación de cajetines al cableado, y de ahí a tapar regatas con una dedicación nunca vista.

Incluso me inventé la necesidad de colocar un enchufe más. Para ello necesitaría más cable que, curiosamente, tendría que ir a recoger dos días más tarde a la tienda. Pueblos, ya se sabe.

Rocío: —¿Cómo vas de faena? —me dijo mientras degustaba un trozo de tortilla de patata que había traído Marta.

Till: —Pues… a falta del cable… dejaré preparado todo lo que pueda, pero hasta que llegue el cable… voy a estar bastante parado…

Rocío: —Pues… ¿nos acompañas a la playa?

No tenía nada mejor que hacer y me apetecía estrechar lazos en ese ambiente propicio que nos rodeaba.

Rocío: —Está un poquito apartada, tienes que saber que es nudista —me espetó antes de que pudiese decir nada.

Miré a Marta como si esperase que pinchase ese globo que me transportaba al cielo de mis deseos cumplidos, pero Marta solo me miraba con sonrisa divertida y las mejillas sonrojadas por el vino.

Rocío: —Mi prima me dijo que eres nudista, así que no hay excusa.

Rocío era rápida, mucho. Yo quería cuidar tanto las palabras que no era capaz de articular ninguna. Todo parecía un sueño que temía que se desvaneciese…


Dudo mucho que termine este relato…
 
La pequeña casa constaba de cochera en su planta de abajo y de un porche lo suficientemente amplio como para acoger una mesa de jardín con sus sillas. No tenía ninguna habitación en la planta baja; a la planta superior se accedía por unas escaleras que llevaban a una pequeña terraza sobre el porche y del tamaño de este. La puerta de entrada daba directamente al comedor con cocina americana. Un pequeño pasillo daba acceso a la habitación de matrimonio y a la habitación del pequeño de la casa, en la cual trabajaría. Al fondo, y entre las dos habitaciones, se encontraba el baño.

El mobiliario de la casa era escaso y parecía de otro tiempo, como heredado de la abuela: una mesa con cuatro sillas en el comedor, dos sofás y, en la habitación de matrimonio, una cama, un armario y una mesita de noche.

Había cierta sensualidad acompañada de misterio en el ambiente: el calor, la poca ropa, el olor a pollo “mareao” del paki de la esquina… El no estar acompañadas por sus maridos parecía tener el mismo efecto desinhibidor que cinco chupitos de Jäger. Rocío llenaba aquel pequeño apartamento de sonrisas, de ganas de jugar. No había notado frialdad en ella las veces que coincidimos en los últimos años, pero sí un simple trato cortés, sin más. Lejos de su marido parecía otra y contagiaba a la vez a Marta, que poco a poco se sentía cómoda con su juego. Las dos empezaban a tener una seductora y peligrosa actitud de quinceañeras.

Empecé a organizar el trabajo y a ver si tenía material suficiente para trabajar. Entre cuchicheos y risitas, las dos cuñadas se encerraron en la habitación, advirtiéndome de que se iban a poner más cómodas.

Casi por instinto palpé, por encima de mis incómodos vaqueros, mi polla, que empezaba a adquirir la consistencia y dureza de una gominola del cumpleaños del año pasado.

Observé la puerta al estrecho balcón, que desde fuera pude ver que unía las dos habitaciones. La tentación era grande, pero lo era más mi eterna precaución. Aun así, como desafiando a mi cordura, me saqué la polla y, morcillona como estaba, me golpeé la palma de la otra mano con ella, imaginándome que golpeaba con mi polla los mofletes de Rocío y Marta. Eso, y las risitas de ellas, me devolvieron a la realidad, y guardé de nuevo mi pequeña bestia en su refugio.

Se habían puesto cómodas, no cabía duda. Las dos lucían sendas partes inferiores de un bikini, con la diferencia de que el de Rocío, más atrevida, era tipo tanga. Las dos llevaban unas camisetas que se notaba que habían recortado con tijeras: dejaban ver sus apetitosos ombligos y ponían la guinda al pastel con aquellos pezones que amenazaban con romper la tela. Me sedujeron especialmente los de Rocío, cuyo relieve indicaba que no solo estaban duros, como los de Marta, sino también ligeramente hinchados. No había duda de que querían provocarme, y lo estaban consiguiendo.

Las risas desaparecieron, pero no las sonrisas tímidas de sus caras. Sentí que lo hacían por mí y que debía envalentonarme y, al menos, deleitarlas con un cumplido.

Traté de balbucear algo que sonase natural, pero creo que pagué con la cara. Pero no solo con la cara lo hacía, y lo supe al notar la mirada de Marta a mi entrepierna. Rocío se dio cuenta de adónde dirigía su mirada Marta y se llevó la mano a la boca, como para disimular su risa.

Marta salió de la habitación y volvió con unos pantalones cortos, tipo bañador, de José. Me los probó por encima del pantalón, ciñéndomelos de tal forma que mi bulto volvía a aparecer.

Marta: —Ponte esto, Till. Habrás venido con la ropa justa, viendo tu mochila, y con esto estarás más cómodo…

Las provocaciones constantes transcurrieron a lo largo de la mañana. Las dos chicas adecentaban la casa para los meses de verano, un verano que ya se notaba en el ambiente, y ver el increíble culo de Rocío y el no menos increíble culo de Marta empezaba a sacarme de mis casillas. Se notaba en mi entrepierna, con la que había tenido la meticulosidad de dejarla suelta, sin nada que la aprisionase, solo aquella fina tela del bañador que me había dejado Marta.

Rocío era especialmente quien me estaba invitando a jugar, y yo estaba aceptando la invitación. Marta observaba, como aprendiendo de Rocío, y esas pequeñas pinceladas de erotismo que de tanto en tanto dejaba escapar me volvían, si cabe, aún más loco.

Para entonces, mi cabeza ya iba a mil por hora. Ya sabía que ellas se quedaban unos días, sin niños, disfrutando de la “soledad” y los primeros rayos de sol. Y yo… yo alargaría mi estancia; no le dejaría todo preparado a José para terminar él, lo haría yo… y con mucho gusto. Desde la colocación de cajetines al cableado, y de ahí a tapar regatas con una dedicación nunca vista.

Incluso me inventé la necesidad de colocar un enchufe más. Para ello necesitaría más cable que, curiosamente, tendría que ir a recoger dos días más tarde a la tienda. Pueblos, ya se sabe.

Rocío: —¿Cómo vas de faena? —me dijo mientras degustaba un trozo de tortilla de patata que había traído Marta.

Till: —Pues… a falta del cable… dejaré preparado todo lo que pueda, pero hasta que llegue el cable… voy a estar bastante parado…

Rocío: —Pues… ¿nos acompañas a la playa?

No tenía nada mejor que hacer y me apetecía estrechar lazos en ese ambiente propicio que nos rodeaba.

Rocío: —Está un poquito apartada, tienes que saber que es nudista —me espetó antes de que pudiese decir nada.

Miré a Marta como si esperase que pinchase ese globo que me transportaba al cielo de mis deseos cumplidos, pero Marta solo me miraba con sonrisa divertida y las mejillas sonrojadas por el vino.

Rocío: —Mi prima me dijo que eres nudista, así que no hay excusa.

Rocío era rápida, mucho. Yo quería cuidar tanto las palabras que no era capaz de articular ninguna. Todo parecía un sueño que temía que se desvaneciese…


Dudo mucho que termine este relato…

🙏🙏 Terminalo!!
 
La pequeña casa constaba de cochera en su planta de abajo y de un porche lo suficientemente amplio como para acoger una mesa de jardín con sus sillas. No tenía ninguna habitación en la planta baja; a la planta superior se accedía por unas escaleras que llevaban a una pequeña terraza sobre el porche y del tamaño de este. La puerta de entrada daba directamente al comedor con cocina americana. Un pequeño pasillo daba acceso a la habitación de matrimonio y a la habitación del pequeño de la casa, en la cual trabajaría. Al fondo, y entre las dos habitaciones, se encontraba el baño.

El mobiliario de la casa era escaso y parecía de otro tiempo, como heredado de la abuela: una mesa con cuatro sillas en el comedor, dos sofás y, en la habitación de matrimonio, una cama, un armario y una mesita de noche.

Había cierta sensualidad acompañada de misterio en el ambiente: el calor, la poca ropa, el olor a pollo “mareao” del paki de la esquina… El no estar acompañadas por sus maridos parecía tener el mismo efecto desinhibidor que cinco chupitos de Jäger. Rocío llenaba aquel pequeño apartamento de sonrisas, de ganas de jugar. No había notado frialdad en ella las veces que coincidimos en los últimos años, pero sí un simple trato cortés, sin más. Lejos de su marido parecía otra y contagiaba a la vez a Marta, que poco a poco se sentía cómoda con su juego. Las dos empezaban a tener una seductora y peligrosa actitud de quinceañeras.

Empecé a organizar el trabajo y a ver si tenía material suficiente para trabajar. Entre cuchicheos y risitas, las dos cuñadas se encerraron en la habitación, advirtiéndome de que se iban a poner más cómodas.

Casi por instinto palpé, por encima de mis incómodos vaqueros, mi polla, que empezaba a adquirir la consistencia y dureza de una gominola del cumpleaños del año pasado.

Observé la puerta al estrecho balcón, que desde fuera pude ver que unía las dos habitaciones. La tentación era grande, pero lo era más mi eterna precaución. Aun así, como desafiando a mi cordura, me saqué la polla y, morcillona como estaba, me golpeé la palma de la otra mano con ella, imaginándome que golpeaba con mi polla los mofletes de Rocío y Marta. Eso, y las risitas de ellas, me devolvieron a la realidad, y guardé de nuevo mi pequeña bestia en su refugio.

Se habían puesto cómodas, no cabía duda. Las dos lucían sendas partes inferiores de un bikini, con la diferencia de que el de Rocío, más atrevida, era tipo tanga. Las dos llevaban unas camisetas que se notaba que habían recortado con tijeras: dejaban ver sus apetitosos ombligos y ponían la guinda al pastel con aquellos pezones que amenazaban con romper la tela. Me sedujeron especialmente los de Rocío, cuyo relieve indicaba que no solo estaban duros, como los de Marta, sino también ligeramente hinchados. No había duda de que querían provocarme, y lo estaban consiguiendo.

Las risas desaparecieron, pero no las sonrisas tímidas de sus caras. Sentí que lo hacían por mí y que debía envalentonarme y, al menos, deleitarlas con un cumplido.

Traté de balbucear algo que sonase natural, pero creo que pagué con la cara. Pero no solo con la cara lo hacía, y lo supe al notar la mirada de Marta a mi entrepierna. Rocío se dio cuenta de adónde dirigía su mirada Marta y se llevó la mano a la boca, como para disimular su risa.

Marta salió de la habitación y volvió con unos pantalones cortos, tipo bañador, de José. Me los probó por encima del pantalón, ciñéndomelos de tal forma que mi bulto volvía a aparecer.

Marta: —Ponte esto, Till. Habrás venido con la ropa justa, viendo tu mochila, y con esto estarás más cómodo…

Las provocaciones constantes transcurrieron a lo largo de la mañana. Las dos chicas adecentaban la casa para los meses de verano, un verano que ya se notaba en el ambiente, y ver el increíble culo de Rocío y el no menos increíble culo de Marta empezaba a sacarme de mis casillas. Se notaba en mi entrepierna, con la que había tenido la meticulosidad de dejarla suelta, sin nada que la aprisionase, solo aquella fina tela del bañador que me había dejado Marta.

Rocío era especialmente quien me estaba invitando a jugar, y yo estaba aceptando la invitación. Marta observaba, como aprendiendo de Rocío, y esas pequeñas pinceladas de erotismo que de tanto en tanto dejaba escapar me volvían, si cabe, aún más loco.

Para entonces, mi cabeza ya iba a mil por hora. Ya sabía que ellas se quedaban unos días, sin niños, disfrutando de la “soledad” y los primeros rayos de sol. Y yo… yo alargaría mi estancia; no le dejaría todo preparado a José para terminar él, lo haría yo… y con mucho gusto. Desde la colocación de cajetines al cableado, y de ahí a tapar regatas con una dedicación nunca vista.

Incluso me inventé la necesidad de colocar un enchufe más. Para ello necesitaría más cable que, curiosamente, tendría que ir a recoger dos días más tarde a la tienda. Pueblos, ya se sabe.

Rocío: —¿Cómo vas de faena? —me dijo mientras degustaba un trozo de tortilla de patata que había traído Marta.

Till: —Pues… a falta del cable… dejaré preparado todo lo que pueda, pero hasta que llegue el cable… voy a estar bastante parado…

Rocío: —Pues… ¿nos acompañas a la playa?

No tenía nada mejor que hacer y me apetecía estrechar lazos en ese ambiente propicio que nos rodeaba.

Rocío: —Está un poquito apartada, tienes que saber que es nudista —me espetó antes de que pudiese decir nada.

Miré a Marta como si esperase que pinchase ese globo que me transportaba al cielo de mis deseos cumplidos, pero Marta solo me miraba con sonrisa divertida y las mejillas sonrojadas por el vino.

Rocío: —Mi prima me dijo que eres nudista, así que no hay excusa.

Rocío era rápida, mucho. Yo quería cuidar tanto las palabras que no era capaz de articular ninguna. Todo parecía un sueño que temía que se desvaneciese…


Dudo mucho que termine este relato…

Pq no lo vas a terminar?... te acompaño a la playa?
 
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