Diablo era un cabrón sin escrúpulos y lo sabía. Dueño de varios locales en el barrio, había subido el alquiler de golpe a todos sus inquilinos un treinta por ciento. La mayoría había renegado, pero Lola, la dueña de la pequeña cafetería de la esquina, llevaba dos meses arrastrando la deuda. Era una jamona rellenita de cuarenta y ocho años, casada con un inútil que apenas ayudaba en el negocio. Tenía todo lo que a Diablo le ponía cachondo: cara de buena mujer, tetas enormes y pesadas que le colgaban, una barriga blanda y carnosa, caderas anchas y un culazo gordo, redondo y temblón que se movía con cada paso.
Aquella tarde Diablo se presentó en el local justo antes de cerrar. Lola estaba sola, limpiando las mesas con un delantal que se le ajustaba a su cuerpo abundante.
—Lola, ya está bien de tonterías —dijo Diablo nada más entrar, cerrando la puerta con pestillo—. Te subí el alquiler hace dos meses y sigues debiéndome. O me pagas hoy todo lo atrasado… o te echo a la puta calle mañana mismo. Tú y tu maridito.
Lola se puso pálida. Se secó las manos en el delantal y juntó las suyas sobre su barriga blanda, nerviosa.
—Señor Diablo… por favor… Estamos pasando una mala racha. El negocio no da para más. ¿No puede esperar un poco más? —suplicó con esa voz suave y temblorosa que tanto le gustaba a él.
Diablo se acercó hasta quedar a pocos centímetros. Ella era bajita y él la miraba desde arriba, disfrutando del canalillo sudoroso que se le formaba entre aquellas tetas gigantes.
—Estoy harto de esperar. O me das la pasta ahora… o me pagas con ese cuerpo de guarra rellenita que tienes. Tú eliges.
Lola abrió mucho los ojos, roja de vergüenza.
—Estoy casada… no puedo…
—Pues mañana a primera hora tienes el desahucio y los de la mudanza en la puerta. Decídete, gorda.
La mujer bajó la mirada, humillada. Tras un largo silencio, murmuró casi sin voz:
—…Está bien. Pero solo… solo esta vez.
Diablo sonrió con malicia.
—Ven mañana a las tres a mi piso. Y ven preparada: vestido corto, sin sujetador y con el coño y el culo bien depilados. Si no, se acabó el trato.
Al día siguiente Lola llegó puntual, temblando. Llevaba un vestido veraniego ligero que se le pegaba al cuerpo. Sus tetas pesadas se movían libres debajo de la tela, marcando claramente los pezones grandes y oscuros. Diablo abrió la puerta solo con un pantalón corto de deporte, sin ropa interior, y la polla ya medio dura marcándose.
—Buena chica —gruñó, cerrando la puerta—. Quítate el vestido. Despacio.
Lola obedeció. El vestido cayó al suelo. Quedó completamente desnuda salvo por unas braguitas blancas que se le clavaban en las caderas anchas. Su barriga blanda caía por encima de la goma, sus tetas enormes colgaban pesadas y su culazo se veía imponente.
Diablo se sacó la polla gruesa y venosa.
—De rodillas, Lola. Chúpamela.
La casada se arrodilló torpemente. Sus tetas reposaron sobre los muslos de él. Al principio solo lamía con timidez el capullo, pero Diablo le agarró la cabeza con fuerza y le metió medio rabo de golpe.
—Así, guarra. Abre bien esa boca de casada decente.
Le folló la cara sin piedad. Las babas de Lola caían a chorros sobre sus tetas, mojándolas. Cada embestida hacía que aquellas domingas rebotaran pesadamente. La mujer gorgoteaba, con arcadas, pero no se apartaba.
Después de tenerla bien baboseada, Diablo la puso a cuatro patas sobre la alfombra. Le bajó las bragas y le abrió los cachetes del culo con las dos manos. Tenía el ojete rosado, pequeño y apretado, y el coño carnoso ya brillaba de humedad a pesar de su vergüenza.
—Joder, qué culazo más rico tienes, Lola.
Se agachó bruscamente y hundió la cara entre sus nalgas gordas. Empezó a lamerle el ojete con lametones fuertes y salvajes, intentando meter la lengua lo más profundo posible. Lola soltó un gemido ahogado de sorpresa. Diablo apretaba con fuerza sus tetas enormes desde abajo, amasándolas y pellizcándole los pezones mientras seguía devorándole el culo.
La presión era tanta que dejó toda su cara enterrada entre aquellos cachetes calientes y blandos, con la lengua bien metida dentro del ojete de la casada, moviéndola en círculos y follándola con ella. Lola temblaba entera, gimiendo cada vez más alto. Cuando Diablo sacó la lengua de golpe y le dio un larguísimo lametón de abajo arriba, desde el coño chorreante hasta el final del culo, la puta infiel ya no pudo disimular: su coño estaba empapado, soltando hilos espesos de flujo que le corrían por los muslos gruesos.
—Estás chorreando como una guarra, Lola… Te está gustando que te coma el culo, ¿verdad? —gruñó Diablo, relamiéndose.
Escupió sobre su polla y colocó el capullo contra el agujero virgen del culo.
—No… ahí no, por favor… —suplicó ella, temblando.
—Cállate, puta.
Empujó con fuerza. El esfínter cedió poco a poco mientras Lola soltó un gemido largo y gutural. Sus dedos se clavaron en la alfombra y sus tetas colgaban pesadas, bamboleándose con cada centímetro que entraba.
—Duele… ¡ay Dios, me está rompiendo! —lloriqueaba.
—Empuja para atrás, gorda. Quiero que te lo tragues entero.
Entre gruñidos, lágrimas y gemidos, Lola fue tragándose toda la verga gruesa. Cuando los huevos de Diablo chocaron contra su coño chorreante, él se quedó quieto un segundo, disfrutando de lo apretado y caliente que estaba aquel culo gordo.
Entonces empezó a follárselo con saña. Embistidas fuertes y profundas que hacían temblar toda la carne de Lola. Sus nalgas rebotaban como flanes, rojas por los cachetes que le daba. El sudor le corría por la espalda y goteaba de sus tetas.
—Dime que te gusta que te den por el culo, Lola.
—Yo… yo… ¡ahh! Me gusta… me gusta que me folles el culo, señor Diablo —balbuceó ella, rota de placer y humillación.
Diablo aceleró, follándola como un animal. Le metía toda la polla hasta el fondo y la sacaba casi entera para volver a clavársela. El ojete de Lola estaba rojo, hinchado y abierto, tragándose la verga sin piedad.
Cuando sintió que iba a correrse, la agarró fuerte de las caderas y se la metió hasta los huevos.
—Te voy a llenar las tripas, guarra casada.
Descargó chorros espesos y calientes bien dentro de su recto. Lola temblaba entera, gimiendo como una perra mientras sentía cómo se le inundaba el culo de leche.
Al sacarla, un hilo espeso de semen le chorreó del ojete abierto hasta el coño. Lola se quedó a cuatro patas, jadeando, con la cara roja y la mirada perdida.
Diablo le dio una fuerte palmada en el culo, haciendo temblar toda la carne.
—Esto solo es el principio. La semana que viene quiero ese culazo con un plug puesto cuando vengas a “pagar”. Y vas a aprender a comerme el culo también. ¿Entendido, Lola?
La rellenita casada, todavía con el semen escurriéndole por los muslos, solo pudo asentir débilmente, humillada y extrañamente cachonda.
Aquella tarde Diablo se presentó en el local justo antes de cerrar. Lola estaba sola, limpiando las mesas con un delantal que se le ajustaba a su cuerpo abundante.
—Lola, ya está bien de tonterías —dijo Diablo nada más entrar, cerrando la puerta con pestillo—. Te subí el alquiler hace dos meses y sigues debiéndome. O me pagas hoy todo lo atrasado… o te echo a la puta calle mañana mismo. Tú y tu maridito.
Lola se puso pálida. Se secó las manos en el delantal y juntó las suyas sobre su barriga blanda, nerviosa.
—Señor Diablo… por favor… Estamos pasando una mala racha. El negocio no da para más. ¿No puede esperar un poco más? —suplicó con esa voz suave y temblorosa que tanto le gustaba a él.
Diablo se acercó hasta quedar a pocos centímetros. Ella era bajita y él la miraba desde arriba, disfrutando del canalillo sudoroso que se le formaba entre aquellas tetas gigantes.
—Estoy harto de esperar. O me das la pasta ahora… o me pagas con ese cuerpo de guarra rellenita que tienes. Tú eliges.
Lola abrió mucho los ojos, roja de vergüenza.
—Estoy casada… no puedo…
—Pues mañana a primera hora tienes el desahucio y los de la mudanza en la puerta. Decídete, gorda.
La mujer bajó la mirada, humillada. Tras un largo silencio, murmuró casi sin voz:
—…Está bien. Pero solo… solo esta vez.
Diablo sonrió con malicia.
—Ven mañana a las tres a mi piso. Y ven preparada: vestido corto, sin sujetador y con el coño y el culo bien depilados. Si no, se acabó el trato.
Al día siguiente Lola llegó puntual, temblando. Llevaba un vestido veraniego ligero que se le pegaba al cuerpo. Sus tetas pesadas se movían libres debajo de la tela, marcando claramente los pezones grandes y oscuros. Diablo abrió la puerta solo con un pantalón corto de deporte, sin ropa interior, y la polla ya medio dura marcándose.
—Buena chica —gruñó, cerrando la puerta—. Quítate el vestido. Despacio.
Lola obedeció. El vestido cayó al suelo. Quedó completamente desnuda salvo por unas braguitas blancas que se le clavaban en las caderas anchas. Su barriga blanda caía por encima de la goma, sus tetas enormes colgaban pesadas y su culazo se veía imponente.
Diablo se sacó la polla gruesa y venosa.
—De rodillas, Lola. Chúpamela.
La casada se arrodilló torpemente. Sus tetas reposaron sobre los muslos de él. Al principio solo lamía con timidez el capullo, pero Diablo le agarró la cabeza con fuerza y le metió medio rabo de golpe.
—Así, guarra. Abre bien esa boca de casada decente.
Le folló la cara sin piedad. Las babas de Lola caían a chorros sobre sus tetas, mojándolas. Cada embestida hacía que aquellas domingas rebotaran pesadamente. La mujer gorgoteaba, con arcadas, pero no se apartaba.
Después de tenerla bien baboseada, Diablo la puso a cuatro patas sobre la alfombra. Le bajó las bragas y le abrió los cachetes del culo con las dos manos. Tenía el ojete rosado, pequeño y apretado, y el coño carnoso ya brillaba de humedad a pesar de su vergüenza.
—Joder, qué culazo más rico tienes, Lola.
Se agachó bruscamente y hundió la cara entre sus nalgas gordas. Empezó a lamerle el ojete con lametones fuertes y salvajes, intentando meter la lengua lo más profundo posible. Lola soltó un gemido ahogado de sorpresa. Diablo apretaba con fuerza sus tetas enormes desde abajo, amasándolas y pellizcándole los pezones mientras seguía devorándole el culo.
La presión era tanta que dejó toda su cara enterrada entre aquellos cachetes calientes y blandos, con la lengua bien metida dentro del ojete de la casada, moviéndola en círculos y follándola con ella. Lola temblaba entera, gimiendo cada vez más alto. Cuando Diablo sacó la lengua de golpe y le dio un larguísimo lametón de abajo arriba, desde el coño chorreante hasta el final del culo, la puta infiel ya no pudo disimular: su coño estaba empapado, soltando hilos espesos de flujo que le corrían por los muslos gruesos.
—Estás chorreando como una guarra, Lola… Te está gustando que te coma el culo, ¿verdad? —gruñó Diablo, relamiéndose.
Escupió sobre su polla y colocó el capullo contra el agujero virgen del culo.
—No… ahí no, por favor… —suplicó ella, temblando.
—Cállate, puta.
Empujó con fuerza. El esfínter cedió poco a poco mientras Lola soltó un gemido largo y gutural. Sus dedos se clavaron en la alfombra y sus tetas colgaban pesadas, bamboleándose con cada centímetro que entraba.
—Duele… ¡ay Dios, me está rompiendo! —lloriqueaba.
—Empuja para atrás, gorda. Quiero que te lo tragues entero.
Entre gruñidos, lágrimas y gemidos, Lola fue tragándose toda la verga gruesa. Cuando los huevos de Diablo chocaron contra su coño chorreante, él se quedó quieto un segundo, disfrutando de lo apretado y caliente que estaba aquel culo gordo.
Entonces empezó a follárselo con saña. Embistidas fuertes y profundas que hacían temblar toda la carne de Lola. Sus nalgas rebotaban como flanes, rojas por los cachetes que le daba. El sudor le corría por la espalda y goteaba de sus tetas.
—Dime que te gusta que te den por el culo, Lola.
—Yo… yo… ¡ahh! Me gusta… me gusta que me folles el culo, señor Diablo —balbuceó ella, rota de placer y humillación.
Diablo aceleró, follándola como un animal. Le metía toda la polla hasta el fondo y la sacaba casi entera para volver a clavársela. El ojete de Lola estaba rojo, hinchado y abierto, tragándose la verga sin piedad.
Cuando sintió que iba a correrse, la agarró fuerte de las caderas y se la metió hasta los huevos.
—Te voy a llenar las tripas, guarra casada.
Descargó chorros espesos y calientes bien dentro de su recto. Lola temblaba entera, gimiendo como una perra mientras sentía cómo se le inundaba el culo de leche.
Al sacarla, un hilo espeso de semen le chorreó del ojete abierto hasta el coño. Lola se quedó a cuatro patas, jadeando, con la cara roja y la mirada perdida.
Diablo le dio una fuerte palmada en el culo, haciendo temblar toda la carne.
—Esto solo es el principio. La semana que viene quiero ese culazo con un plug puesto cuando vengas a “pagar”. Y vas a aprender a comerme el culo también. ¿Entendido, Lola?
La rellenita casada, todavía con el semen escurriéndole por los muslos, solo pudo asentir débilmente, humillada y extrañamente cachonda.